Las cosas chiquitas que cambian el mundo

Nota

Tengo dos weblogs. Este es en el que escribo artículos técnicos o que tienen que ver de alguna manera con mi profesión. Textos y pretextos es igual de personal, pero me sale —me sale cada vez menos, tristemente— de otras tripas, quizás para otro público.

Sin embargo, quiero hacer una excepción con este post, porque probablemente tenga más alcance aquí y es algo que me atraviesa todas las facetas: las ganas de hacer de este que pisamos, un mejor mundo.

Desde el 2005, a las poquitas semanas de haberme venido a vivir a Córdoba, hasta no sé que día del 2012, cada sábado de todas las semanas del año, me tomé dos bondis (o uno, cuando me iba a pata hasta el centro), para llegar a Campo de La Ribera. Mazamorra, la agrupación, fue mi espacio de militancia, mi usina de amistad, mi cobijo del dar y recibir. Sobre todo del recibir.

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Los números del Mundial

Un amigo me dijo ayer que la fiebre del mundial ya no le afecta como antes. Cuando era chico, decía, la ansiedad por la navidad, los reyes y sobre todo, los mundiales, no lo dejaba dormir.

A mí Papá Noel y los Reyes me tenían bastante sin cuidado (que sólo ocasionalmente venían a mi casa, sobre todo cuando le hacíamos caso a mi hermano mayor, que nos instruía que a Baltazar había que dejarle una cerveza negra bien fría, para pasar el calor de las madrugadas de enero). Pero me sigue pasando lo mismo con el mundial de fútbol: fiebre. No hay acontecimiento que ansíe más que ese.

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